Estoy ahora de vacaciones en mi tierra natal, Chile. Y almorzando en un restaurant en la ciudad de Frutillar, frente al hermoso lago Llanquihue, me pongo a conversar con la pareja de la mesa contigua, un matrimonio de jubilados de Brasil.

Hablamos de la vida, tener hijos, y ellos me comentaron que prefirieron tener sólo dos hijos ya que es muy arriesgado planear a futuro en Brasil, había cierta preocupación en sus miradas.

Por lo que les pregunté a los jubilados brasileros: ¿Qué opinan de Bolsonaro?, y la mujer me respondió: “él es nuestra última esperanza”.

Quedé sorprendido por tal respuesta, refleja una enorme desesperación. Espero que ellos no se desilusionen, Bolsonaro podrá sacudir mucho las redes sociales, pero como decimos en Chile: otra cosa es con guitarra.

Si hacemos un poco de memoria, muchos votaron por Chávez en su minuto porque representaba una “ultima esperanza” para Venezuela. Hoy vemos los desgarradores resultados de sus políticas de gobierno.

Si bien sería injusto comparar a Bolsonaro, por deslenguado que fuera, con Chávez, un ex-militar que ya había intentando un golpe de estado. Sigue siendo válida la analogía para abordar poner las esperanzas de mejora en una sola persona: es una apuesta de riesgo.

Acemuglu y Robinson en su libro “Why Nations fail”, del cual escribí anteriormente acá, indican que las naciones que triunfan son aquellas que logran tener una institucionalidad que tenga las siguientes características:

Que no se expropie a los ciudadanos de las ganancias de su trabajo, se respeten la propiedad privada y ningún grupo humano sea excluido de acceder al poder, siendo este difuminado entre diversos grupos. Chávez hizo exactamente lo contrario a tales recomendaciones.

Bolsonaro no tiene una varita mágica con la que podrá solucionar los problemas de Brasil. Es más, sabemos que es más fácil empeorar una nación que mejorarla. Su mejor apuesta no es “salvar” Brasil, sino modificar las instituciones brasileñas de manera tal para que la población se ayude a si misma.

No podrá salvar directamente a Brasil, pero si podría modificar sus instituciones y que tal cambio reduzca la corrupción endémica que impera y mantiene a sendas partes de la población en la pobreza. Esa es la verdadera esperanza.