De Romanos y Griegos, ¿Por qué leer a los clásicos?

por Emilio Meneses

Uno de los libros que más aprecio de mi biblioteca es un pequeño libro azul con las Historias completas de Heródoto, La guerra del Peloponeso de Tucídides y Anábasis de Xenofonte. A su lado otro libro con las Historias de Polibio.

Algo tienen en especial, algo me hace volver a ellos una y otra vez, cómo si sus espíritus siguieran aún vivos. Pero el secreto es más sencillo: sencillamente son libros excelentes y llenos de sabiduría, mostrando lo más sublime y ruin del hombre.  No por nada se han mantenido vigentes por 2.400 años.

Esto significa que durante 24 siglos incontables generaciones de historiadores y críticos decidieron preservar tales libros sobre otros. Y eso es más mérito de lo que podemos creer: antiguamente los libros debían copiarse a mano hasta bien entrado el  s. XVI, antes que la imprenta lograra masificarse.  Y aún peor, durante siglos incendios, batallas y conquistas hacían de la existencia de las bibliotecas una empresa de muy corto aliento. Cuándo invadían los germanos sobre el imperio romano, cuando entraban los árabes en Egipto y el mediterráneo, cuando los turcos otomanos llegaban a las puertas de Viena o las tropas protestantes o católicas arrasaban el pueblo contrario; el pobre monje o bibliotecario debía decidir qué salvar de su colección, y siempre en cada generación elegían una y otra vez los mismos autores. Eso mero hecho implica que tales libros, después de veinte o más siglos tienen algo que otros no.

Ahora bien dicho lo anterior no significa que todo sea de mi gusto. Personalmente no me interesan mucho los filósofos o pensadores antiguos, tampoco los modernos. De muchos antiguos me desagrada su fascinación por la sociedad espartana: Una dictadura racial militarizada donde seis de cada siete personas eran esclavos. Su militarismo era netamente para controlar a sus esclavos. Con tal propensión a utópicos ejercicios intelectuales no sorprende que hoy muchos profesores universitarios le sigan rindiendo apología al marxismo, otro sistema asesino.

Incluso los buenos pensadores como Cicerón me aburren de leer, aunque su libro “Sobre Deberes” haya sido el libro más impreso después de la Biblia es demasiado abstracto, basta un buen resumen.  Prefiero los historiadores, leer en Tucídides sobre las andanzas del general espartano Brasidas son para poner los pelos de punta, o la decisión de los atenienses de asesinar todos los habitantes de una polis recién conquistada para cambiar de opinión al día siguiente y enviar un heraldo que literalmente llega a detener la ejecución. El Temístocles descrito por Heródoto no se queda atrás amenazando llevarse la flota ateniense mientras Ática arde, o el general Belisario descrito por Procopio de Cesaréa, que luego escribe un segundo libro para atacarlo. Plutarco con su Vidas Paralelas está en mi lista de espera a leer.

En tales libros, junto con la Biblia, están los fundamentos sobre los que se ha construido nuestra civilización. Leerlos nos abre la mente para entender cuánto ha cambiado el mundo que nos rodea, pero al mismo tiempo señalarnos lo poco que la naturaleza humana ha cambiado. Somos el mismo primate arrogante que entra en pánico cuando se enfrenta a algo que no comprende y está dispuesto incluso a matar con tal de defender su visión del mundo y sus privilegios.

No hay muchas cosas nuevas bajo el sol.

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